Debido a mi
discapacidad física estuve convencida, durante mucho tiempo, de que nunca
podría acceder a esta práctica.
Si bien recibía
información de personas allegadas sobre lo maravilloso de sus resultados y se
repetía el comentario:
“Cuando empezás no
querés dejar y menos perderte una clase”.
Dudaba. Hasta que
sucedió lo inesperado (Como tantas veces me pasa que las respuestas y las
soluciones se acercan). En el instituto de natación al que asistía, Andrea, la
simpática recepcionista comentó que había finalizado el instructurado de Yoga.
Le dije prácticamente sin pensar: ¿Vos podrías darme clases de Yoga a mí? Viste
que no puedo hacer demasiados movimientos con las piernas.
Por supuesto que es
posible, hay un montón de ejercicios que sí podrás hacer. Contestó Andrea
sonriente.
Sentí que habíamos
comenzado un nuevo camino juntas.
Al igual que cuando
me inicié en REI-KI, mi vida se transformó.
A partir de mi
encuentro con el Yoga aprendí a sentir el cuerpo y el soplo que lo mantiene
vivo. Supe de la existencia de músculos que no usaba, me fui flexibilizando
física y mentalmente.
Me acerqué al
contacto con lo que no se ve y está presente, la energía que nos sostiene.
Recorro el camino del
conocimiento personal no solo cuando tengo clase, sino en el día a día porque
lo que se instala en la hora de la práctica continúa operando cambios que me
llevan a descubrimientos personales y de lo que me rodea.
¿Por qué es tan
necesario conocerse?
Porque al mejorar el
entendimiento, la forma de transitar las dificultades se suavizan. Si me hago
cargo de mis acciones y pensamientos, dejo de culpar a los demás y a la
“suerte”.
Ella, “la suerte”, es
un duende engañador, no existe.
Seguiré hablando del
Yoga porque fue a partir de una relajación al final de la clase cuando, con los
ojos muy cerrados, vi con los del alma, el color amarillo-verdoso en una imagen
informe. Un inicio deslumbrante de mi relación con el color que compartiré en
este blog.


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